El Caribe por partes: escuchar a Condé, leer a Chassol by Horacio Contreras

Puerto Rico, 2018

Publicado el 25 de julio de 2025 en https://www.bookishandcompany.com

Se pavoneaba ante ellos poniendo en el electrófono discos de óperas, La flauta mágica  o Madame Butterfly. Jamás un beguine, una mazurca. En las cenas yo no hallaba qué decirles a los metropolitanos sentados a mi lado y me preguntaba si estaban vivos, si era sangre lo que les corría bajo la piel, si no eran simplemente grandes máscaras blancas, sin sexualidad ni sensibilidad.

Dodose  Pélagie, Travesía del manglar

 

Incluso cuando no lo quiero, los caminos siempre terminan llevándome en una misma dirección. Todo mar, todo río, cada extensión de agua —o su ausencia— tiene allí, en el Caribe, principio y fin, un espacio en el que las ideas, incluso las que parecieran oponerse, encuentran su lugar. Así, sin buscarlo, un podcast que pongo casi al azar al final de la tarde me revela la experiencia musical más intensa que he tenido desde que escuché el disco del concierto en Colonia, Alemania, de Keith Jarrett: Big Sun  (2015), de Chassol, un compositor y multiinstrumentista francés de origen martiniqués. Aprendo gracias a este podcast que los padres de Chassol murieron en mi país, Venezuela, en un accidente aéreo cuando iban rumbo a Martinica en 2005. Años después, Chassol decidió visitar la isla para grabar el paisaje sonoro y visual que más tarde se transformaría en la obra densa y luminosa que terminó componiendo.

Big Sun  debe escucharse en orden, como si fuese una novela cuidadosamente articulada. Es a partir del desarrollo orgánico de sus sonidos, de la tensión y la superposición de capas que mezclan palabras, ritmos, el grueso créole martiniqués, el canto de las aves, los ruidos de un mercado o de una partida de dominó, los animales quejándose de un no sé qué, que logramos penetrar un lugar que no existe —como los maravillosos pueblos literarios de Rulfo o García Márquez— y que, como aquellos, traza un punto de fuga que señala a Martinica, pero que termina transformándose en los muchos territorios del Caribe entero.

Compré Travesía del manglar  (Elefanta, 2020), de Maryse Condé, el último día de mi viaje a Puerto Rico en el invierno de 2024. Todavía me acompaña el recuerdo de Yo, Tituba, bruja negra de Salem  (Monte Ávila Editores, Embajada de Francia en Venezuela, 2014), que me traje de Venezuela en 2015, el mismo año y en el mismo territorio en el que murieron los padres de Chassol. Casi dos lustros entre un libro y otro. Me doy cuenta de que decir estos lugares, tender puentes entre ellos mientras los pienso, medir la distancia que los separa o acerca en años no obedece, o no solamente, a mi obsesión por inventariar todo cuanto va pasando, como un bodeguero que registra los productos que abastecen su bodega, sino a conjurar el olvido organizando la vida en aquello que sucede entre la llegada de un libro y otro. Es raro, pero sé que compré Travesía del manglar  yéndome de Puerto Rico con la intención de leerlo en Puerto Rico, casi como un amuleto que me asegurara el regreso a esa isla que no me pertenece y que es la casa que perdí, a la que espero volver siempre que el mundo se suspende, en esos raros momentos de descanso o ensueño.

La caminata que hice esa tarde aquí en Denton, Texas, fue tan larga que me permitió escuchar el podcast y el disco de Chassol enteros, con el sol enorme de frente y con un calor de 34 grados celsius que me cocía la piel. Esa misma noche, con el pecho en Martinica, decidí romper con las promesas hechas en silencio y navegar al norte, hasta Rivière au Sel, en Guadalupe. Entonces, así sin querer, Travesía del manglar  me suena a Big Sun  de Chassol, como si uno y otro hubieran aparecido para encontrarse, encontrarme.

Travesía del manglar  cuenta la historia de Francis Sancher, un hombre que llega al pequeño pueblo de Rivière au Sel sin razón aparente para desempeñar el lamentable papel de extranjero en pueblo pequeño, siempre sospechoso de algo. Un día, Sancher es encontrado muerto y, una vez en su funeral, quienes lo despiden empiezan a recordar hacia adentro al Sancher que cada quien conoció. Estos recuerdos no sólo van aportando más detalles acerca del extranjero misterioso, sino que describen tanto el tipo de relación y las idiosincrasias de los personajes que se vinculan con él, como las sofocantes dinámicas socioculturales y políticas del pueblo que Maryse Condé construye para nosotros.

Como si de un viaje inverso se tratara, Travesía del manglar  funciona diferente de Big Sun: mientras este último debe escucharse completo y en orden, la autonomía narrativa de la novela hace que pueda leerse casi como un libro de cuentos cuya unidad gira alrededor de sus protagonistas: Francis Sancher y Rivière au Sel. La novela está organizada en tres capítulos: El sereno, La noche y El antedía. El primero y el último sirven de introducción y cierre para la historia, pero La noche, la sección más extensa, se divide en veinte partes que exponen las voces de los personajes. Sin embargo, más allá de sus capítulos, Travesía del manglar  podría verse más bien como un díptico integrado por el mundo interior de los personajes en diálogo con sus recuerdos, y el mundo real que los reúne alrededor de Sancher.

La edición de Elefanta es extraordinaria y merece una mención aparte. El libro es hermoso, lleno de detalles gráficos, delicioso de tener en las manos y, lo más importante, el prólogo y la traducción de Ana Inés Fernández son compañeros de lectura que iluminan cada paso del recorrido. Entre sus reflexiones, destaca cómo las lógicas de organización territorial hacen que la Guyana francesa esté más conectada con París que con Manaos, y me recuerda aquel intento frustrado de visitar el Caribe francófono desde Venezuela: era más sencillo y barato volar a Europa que a las islas vecinas. Otros comentarios suyos abordan las relaciones de poder entre Guadalupe y la metrópoli, así como los dilemas que rodean una independencia que nunca llegó, y que fue sustituida por un pacto de integración con Francia.

Fernández también explora la situación del créole y de sus hablantes frente al francés compartido con otras colonias. Escribe:

Al ser una lengua no oficial y mayoritariamente oral, el créole  no tuvo una ortografía bien establecida ni diccionarios monolingües o bilingües sino hasta las últimas décadas del siglo XX, lo cual dificulta la búsqueda e incluso la identificación de muchos de sus términos en textos como éste.

Las características mencionadas representan un problema incluso para los autores francocaribeños que quieren publicar y ser leídos. Para empezar, la mayoría escribe en francés y no en su lengua materna, porque el público que habla en créole  es todavía ínfimo. Y como su francés no es el francés del hexágono y sus textos forzosamente incluyen créolismos, muchos de ellos usan recursos como prólogos, notas, glosarios, etc., para cobijar al lector no caribeño y para que las editoriales de la metrópoli acepten publicarlos. A veces se dice que su escritura es ya una forma de traducción: de una cultura criolla a una lengua occidental impuesta.

Si recordamos que el primer diccionario monolingüe del español fue publicado en 1611 por Sebastián de Covarrubias, podemos comprender la dimensión de esa oralidad aún resistente. Esa perspectiva llena todavía más mi lectura de sonido a través del paisaje musical creado por Chassol en la vecina Martinica que modela mi aproximación a Travesía del manglar. Pienso, por ejemplo, en Organe phonatoire, donde una voz masculina repetitiva dialoga con el ensamble y revela, en apenas segundos, la tensión y la belleza sonora compartida entre el francés y el créole, herederos ambos de formas de comunicación surgidas del trauma esclavista.

Ana Inés Fernández afirma que su deseo de traducir esta novela nació de la necesidad de compartir la emoción que le produjo leerla. A ella le agradezco el regalo de esta traducción, y a Elefanta Editorial, por atreverse con una obra como esta. Me queda ahora la sensación de falta al saber que no puedo acercarme a Rivière au Sel  a través de la forma original que la autora le dio, del mismo modo en que el créole martiniqués de Big Sun  también me resulta tan evocador como inasible. Tal vez esa sea la naturaleza del Caribe: algo que se tiene sólo por partes, nunca entero.

Como Martinica, Guadalupe, Venezuela o Puerto Rico: territorios entrelazados por la música, el duelo, sus lenguas y la memoria, pero también separados por historias impuestas que aún intentamos reescribir desde lo íntimo, desde lo sonoro, desde lo leído. “Nada es más peligroso que un hombre que trata de entender”, le escuchamos decir a Rosa, uno de los personajes de la novela de Condé, y creo que tiene razón.

Marie-Luise Scherer: un descubrimiento que celebro by Horacio Contreras

París, Francia 2011

Publicado el 9 de julio de 2025 en https://www.bookishandcompany.com

La bestia de París y otros relatos, de Marie-Louise Scherer (Sexto Piso, 2014), reúne cuatro historias originalmente publicadas en alemán entre 1983 y 1991. El primer relato, que da título al libro, capta de inmediato la atención del lector porque mezcla varios de los elementos que fascinan hoy a los amantes del true crime  audiovisual: narra la trágica historia de los asesinatos cometidos en la década de los 80 por Thierry Paulin y Jean-Thierry Mathurin, dos emigrados a Francia desde Martinica y la Guyana Francesa, respectivamente.

Es una historia que confirma esa gastada idea de que la violencia engendra violencia, aunque sus manifestaciones sean menos espectaculares que las aquí relatadas. Los asesinos, antes de serlo, fueron niños nacidos en la pobreza de la Francia de ultramar, criados por madres, padres, padrastros, madrastras y abuelas que los dejaron ir antes de tenerlos realmente, sin brindarles un sentido de pertenencia. Muy pronto en sus vidas enfrentaron el peso de una herida migratoria y una homosexualidad que, para la época, los desplazaba a los márgenes más extremos de la sociedad francesa.

Sobre Paulin, Scherer dice lo siguiente:

La madre de Paulin tenía dieciséis años cuando él nace fuera del matrimonio. Crece al cuidado de su abuela, la madre de su padre, que ha abandonado Martinica y vive en Toulouse. Cuando su madre lo acoge a la edad de seis años, estaba esperando otro hijo. Después de un hijo más, se casa, y viene otro hijo. Con tres pequeños medio-hermanos y una madre maltratada por un marido al que le cuesta soportar el matrimonio, Paulin sobra en la mesa. Más tarde, en París, contaría cómo su madre lo alquilaba como repartidor y ayuda doméstica de otras personas.

El relato está construido con retazos de los últimos momentos de las víctimas —ancianas lentas y disminuidas cuyos pasos se pierden entre tiendas en busca de la compra diaria—, algunos detalles sobre la vida de los asesinos y un cierre, tal vez demasiado breve, que concluye el caso.

Los otros tres relatos —uno dedicado al surrealismo, especialmente a Philippe Soupault, otro sobre Proust, que transcurre en paralelo con la preparación de una adaptación cinematográfica de la vida de Swann, y el cuarto sobre un desfile de moda que es muchos desfiles a la vez— son extraordinarios porque rehúyen las frases cerradas para, por el contrario, crear momentos descritos con tanta belleza que provocan tanto regocijo como cierta envidia.

Días después de terminar el libro, me siguen acompañando imágenes y frases: un Joyce que privilegia la música en su prosa —“(…) ponía mucho énfasis en el flujo de la frase, ya que le importaba más el sonido y el ritmo que el sentido”—; un Proust cansado por el asma y movido por la búsqueda de historias que se le escapaban a su aliento; unos surrealistas chismosos y hambrientos de dinero; y diseñadores que sueñan con formas imposibles para vestir tubos rematados en piernas largas.

El lado flaco, si acaso lo tiene, quizá sea el exceso de estos momentos líricos, que se suceden sin ofrecer al lector un respiro, sin una idea que los concrete. Sin embargo, ese fluir continuo se asemeja más a la forma en que experimentamos la realidad, alejándose de la ilusión que construyen otros tipos de literatura con cierre.

Como experiencia de lectura, me encontré con la contradicción del goce por lo leído y el deseo de terminar el texto, no porque ansiara saber cómo seguía la historia, sino por el agotamiento que provocan las ideas suspendidas, los instantes minuciosamente descritos que se encadenan en una sucesión de párrafos casi interminables. Scherer ha sido un descubrimiento que celebro: una prosa a la vez limpia y barroca —equilibrio difícil de lograr— y una manera de contar desafiante para el lector que se ve impelido a crear dentro de sí una unidad de sentido a partir de ideas que parecieran abiertas, pero que constituyen una forma de contar momentos en la historia con un estilo que no es necesariamente complaciente y que, sin embargo, complace.

Imre Kertész para la memoria de una lectora desmemoriada by Horacio Contreras

Autorretrato. Appleton, Wisconsin, 2017. Cámara: FED-2. Película: Kodak Tri-x-400.

Una de las preocupaciones de orden vital que me embarga en este momento tiene que ver con la memoria, la mía, que se ha vuelto tan frágil como un papel gastado. No sé ni siquiera si lo que me preocupa es la memoria o más bien la capacidad o la incapacidad para recordar y prolongar recuerdos, hacerlos parte de los pensamientos estables, aquellos a los que uno puede volver con el tiempo. Esto no me pasaba antes y me asusta porque siempre me ha aterrado padecer de olvido. Este nuevo estado de las cosas se manifiesta principalmente con la lectura. No sólo me cuesta recordar lo que leo sino que, cuando interrumpo un libro para retomarlo más adelante durante el día, es como si me sentara con un libro completamente nuevo.

Antes de Kaddish por el hijo no nacido de Imre Kertész, mi lectura actual, leí Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi. De este último libro apenas me viene a la cabeza la imagen de Pereira, de su apartamento en Lisboa, la foto de su mujer, ese sitio tan hermoso al que Pereira va para recibir una cura, el muchacho al que ayuda contratándolo como escritor de necrológicas para la sección de cultura que dirigía Pereira en un periódico local, y la novia subversiva de este muchacho díscolo y comprometido con una libertad que no termina de llegar. El final de la historia, que es el punto de mayor tensión de la narración, no lo recuerdo y eso me frustra hasta casi enloquecerme. Es interesante porque recuerdo las sensaciones que me produjo la lectura, pero no la historia leída.

Pensé en combatir esta incapacidad para generar nuevos recuerdos compartiendo algunos de los subrayados que he ido dejando sobre el Kaddish de Kertész. No voy a hacer un resumen del libro (aunque quizá debería). Quiero usar estos subrayados como un soporte para las estructuras malamente (y ojalá que no mortalmente) comprometidas de mi memoria. Como los papelitos que el propio Kertész guardaba con ideas que dejaba por aquí y por allá, o el archivo de citas que en algún momento asegura tener, creo (y subrayo aquí el creo porque realmente, genuinamente, quiero creer), que la vieja tradición de alimentar un archivo de citas como parte de la experiencia de la lectura debe ayudar al fortalecimiento de la memoria. (Aunque no quiero ir hacia esa discusión, es cierto que el acceso rápido a la información que permite el internet tiene un impacto importante en la capacidad que tenemos de almacenar información por nuestros propios medios. Recordar, por lo tanto, se convierte en una función de la máquina -otra-, de algo externo).

Vista de la Bahía de Monterrey desde Santa Cruz, California. 2023. Cámara: Pentax ME. Película: Lomography LomoChrome. Revelado de San Francisco PhotoWorks.

Así pues, mientras pienso en volver a las citas, a las marcas que uno va dejando sobre las hojas leídas para usarlas a mi favor como parte de una terapia contra el olvido, me empieza a gustar la idea de mostrarse uno así, de exhibirse, desde las parte de un todo-ajeno en una época donde el triunfo tiende a apostarse del lado de las obviedades. Esas frases escogidas sí que revelan algo muy íntimo acerca de la vida interior de quien lee como, por ejemplo, dónde pone su atención el lector, en qué párrafo se vio reflejado a sí mismo (o a un otro que sólo podemos suponer), o el lugar de las emociones señalado por el índice que es el subrayado. En este caso, quien cita y señala es quien escribe este texto, y aunque lo importante aquí es leer para recordar a Kertész, sé que este archivo también me revela a mí (pienso en un cuarto oscuro), más allá de la búsqueda confesa de un último recurso para prolongar la permanencia de las ideas (después recuerdos) en esta cabeza.

Estas son algunas de las citas del Kaddish de Kertész que quisiera hacer permanecer. Con la esperanza de lograrlo, transcribo:

Sí, así la veo ahora, en mi gran noche que todo ilumina, en mi noche alumbrada por relámpagos, y también en mi noche oscura que mucho más tarde me cubrió: I wonder why I spend my lonely nights dreaming of the song… and I am again with you, silbo, asombrado por el hecho de estar silbando aquella Stardust Melody que siempre silbábamos, aunque ahora ya sólo suelo silbar Gustav Mahler, única y exclusivamente Gustav Mahler, Novena Sinfonía. Noto, sin embargo, que este detalle es del todo secundario. Salvo si alguien conoce por azar la Novena Sinfonía de Gustav Mahler, a partir de cuyo estado de ánimo podría sacar conclusiones con toda razón y fundamento respecto a mi actitud psíquica, si es que siente curiosidad por ello y no le bastan mis manifestaciones directas, de las cuales, claro, también pueden sacarse las conclusiones pertinentes. When our love was new and each kiss a revelation. (p. 36).

quizá consideraba la escritura una huida (no sin cierta razón, tal vez quería huir en otra dirección, a una meta diferente de aquella hacia la cual, de hecho, huía y continúo huyendo), una huída, digo, y hasta una salvación, la salvación de mí mismo y. a través de mí, de mi mundo material y además, para usar grandes palabras, espiritual (...)”. (p.40).

Cómo puede el hombre decidir contra su destino. (p.41).

Tu no-existencia como liquidación radical y necesaria de mi existencia (p. 42).

con esa ceguera decidida que no nos permite ver en el instante la continuación, en el azar la lógica, en el encuentro la colisión de la cual uno al menos saldrá hecho un amasijo. (p.43).

me dio a entender que yo me encerraba en una cárcel en aras de mi libertad. (p.70).

Descubrí que escribir sobre la vida equivale a pensar sobre ella, que pensar sobre la vida equivale a cuestionarla, y que sólo cuestiona su propio elemento vital aquel a quien este elemento asfixia o quien de alguna manera se mueve en él de un modo contrario a la naturaleza. Descubrí que no escribo para buscar la alegría sino todo lo contrario: que por medio de la escritura busco el dolor, el dolor más intenso, casi insoportable. seguramente porque la verdad es dolor, y la respuesta a la pregunta sobre qué es el dolor, escribí, es muy sencilla: la verdad es lo que consume, escribí". (p. 104)


Escribí este comentario en mis notas a principios de julio: Kertész escucha la Novena sinfonía de Mahler, que es una obra que tropieza con la muerte por todas partes y que tiene relación con el Kaddish si se vincula con la historia de vida del propio Mahler, la muerte de su hija, el fracaso de su matrimonio y, del lado de Kertész, con el hijo no-nacido que es el pre-texto de la narración, y la ruptura matrimonial del narrador. Esto, para no mencionar la relación de Kertész con el judaísmo, que exigiría un comentario mucho más largo y responsable, y que yo no me siento capaz de hacer. De cualquier forma, el leitmotiv de su esposa, o ex esposa y del hijo no nacido, del bolígrafo como una pala, de la tumba que se cava en el cielo, la Shoah a pesar de la Shoah y más allá de ella, que aparecen circularmente con algunas variaciones, no solo sirven para darle cohesión y contundencia al discurso, sino también para develar ese estado trágicamente obsesivo y agónico del ser sufriente.

Voy al abasto. Lo típico: aguacates, cambures, uvas, tofu y fajitas de maíz. Agarro mi teléfono y busco la Novena de Mahler en Spotify por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles (la versión de Dudamel). Es -parte- de la dimensión sonora de la narración. Tiene todo el sentido del mundo. Pero Kertész también cita otro texto musical, esta vez con letra: Stardust, que escucho en la versión de Nat King Cole. Me encuentro aquí con un nihilista que nunca llega a serlo del todo, alguien que trata todavía de encontrarle un sentido a esto sabiendo que no lo tiene, pero trata, sin poder controlar ese espacio suyo donde todavía gobierna el deseo. Entiendo, sí, que la escritura es, al mismo tiempo, una forma de huir y una cárcel.

Los muertos by Horacio Contreras

Magus bookstore. Seattle, WA. 2022.

Me aburren las obviedades. Las mías incluidas, claro. Tardé una década en darme cuenta de que lo mío era la soledad y los gatos, la soledad y los muertos, la soledad determinada por los espacios de silencio entre el piloto que prende la calefacción, el recuerdo del silencio y, finalmente, el silencio otra vez. Antes de la calefacción fue la constancia del noneo del ventilador o, cuando llegaron lo apagones, el suspiro colectivo del hartazgo. Es decir, la obviedad de la rutina para escapar de la obviedad social, para enajenarme de la obviedad personal, individual.

El respeto por el silencio -cosa tan rara en estos días. Unos lugares que se dedican a acumular palabras, a vender palabras -las librerías, quiero decir. En ese atropellamiento de palabras, que podría ser caótico y no lo es, el silencio. Bajo la guardia y me entrego, siempre y casi sin condiciones; aquí sí, todo lo que aquí se hace, todo se vale. Uno tras otro, las contraportadas, las texturas, las biografías cortas, el puteo al malparido(a) que tomó esa foto por la que yo habría matado y, mientras la envidia me mata, el asombro. Los precios son un arte, escritos a lápiz y con esa rayita extraña al final y que quiere decir que no hay céntimos después, que es un número redondo, escapándosele, escurriéndosele al odioso .99 tan de moda en una época. Sí. Esto es lo que es. Esto y nada más. Y no es mucho. Y lo es todo.

Recycle bookstore. Denton, TX. 2023.

Ya nadie tiene que decirme a dónde ir. Mi lugar está casi siempre al fondo, en el último piso, en el sótano, en el rincón al que se llega cuando se ha dejado atrás todo lo demás. El polvo de la última sección es otro: esa capa de piel gruesa que casi nadie limpia, cuida y quiere, porque casi nadie visita (este es el lugar reservado a las lenguas bastardas. Mi reino de este mundo). En otras latitudes, donde la bastardía es la regla, los espacios estaban delimitados por categorías que aquí están reservadas. “Español. Spanish”: la etiqueta genérica.

Esta es la vida que yo escogí y lo hice muy pronto, con plena conciencia de que lo que yo quería era estar sola. Sí, me confundí en una época cuando la soledad escogida se confundía con la impuesta. Yo escogí leer porque quería vivir entre muertos, entre palabras mudas, en espacios donde, lejos de lo que se piensa, la quietud puede con las superficies.